Xavier Mas de Xaxàs | Ahora que ha
alcanzado la mayoría de edad, con una presencia masiva en todas las
mesas, y que, incluso, ha logrado trascender las fronteras de la lengua
catalana, el pan con tomate (PCT), tal vez la creación más popular de la
gastronomía catalana, se encuentra en una situación complicada,
atenazado por dos limitaciones de difícil superación: la mala calidad
del pan y de los tomates y la pérdida de referencias con el producto
original.
Decenas de bares y restaurantes visitados en las últimas semanas para
obtener la base empírica que sostenga la teoría del PCT en crisis
ofrecen uno de baja calidad pero alto rendimiento económico.
El PCT, en muchos casos, es un apéndice que los camareros dejan ir
cuando están recogiendo las cartas después de haber tomado nota de los
platos y las bebidas que van a comer los clientes. "¿Un poquito de agua?
¿Sin gas? ¿Y les apetece también un poco de pan con tomate?".
La gran mayoría contesta que sí, y este consentimiento supone una doble
ventaja para el local: le permite cobrar más por el pan y, además, y
esto es más importante, le permite enmascarar su mala calidad.
Los buenos restaurantes, los gastronómicos, los de cocina de autor,
pocas veces ofrecen PCT. Sus panes, elaborados, por regla general en la
propia casa o en una panadería artesana, tienen tanta calidad que deben
comerse sin tomate. Aceite es todo lo que admiten.
Dentro de la alta cocina, una de las más recientes excepciones a esta
corriente generalcorre a cargo de Jordi Vilà, chef de Alkimia, quien, a
su tradicional aperitivo de PCT líquido, ha añadido, como acompañamiento
a una
garguillou de flores y verduras, un PCT donde el pan ha
sido amasado con una máquina de fabricar chicles, con lo que consigue
una miga con la textura adecuada para restregar bien el tomate.
Sin tantas ambiciones culinarias, es posible encontrar un buen PCT en
restaurantes pequeños, caseros, que ofrecen comidas sencillas y directas.
Es imposible, sin embargo, hallarlo en establecimientos que pertenezcan
a grandes cadenas de restauración o que se encuentren en lugares muy
turísticos. De la veintena de locales visitados en la Rambla de
Barcelona, por ejemplo, sólo dos sirvieron a
La Vanguardia un
buen PCT. Lo normal fueron panes de textura gomosa o sin nada de miga
con tomates demasiado ácidos, no siempre frotados, sino rallados, y
aceites excesivamente fuertes.
Pocas preparaciones alimenticias se adaptan tan bien al estilo de vida
del hombre contemporáneo como el PCT, hasta convertirse en un comodín
heterodoxo. Es barato, fácil de elaborar y totalmente multiusos. Igual
sirve para un desayuno que para un aperitivo, una comida, una merienda y
una cena, además de que acepta casi cualquier tipo de acompañamiento con
una naturalidad que sólo la pizza puede igualar y superar.
Embutidos, tortillas, butifarras, quesos y pescados se dejan comer con
gusto sobre la esponjosa y voluptuosa superficie de una miga untada con
tomate y lubricada con aceite de oliva.
"Se ha convertido en un comodín", explica Toni Massanés, director de la
fundación Alimentació i Ciencia (Alicia). "Es práctico, se come
prácticamente sin infraestructura y se adapta muy bien a las nuevas
formas de consumo, tanto caseras como en restauración: comidas
informales y rápidas. Soluciona, asimismo, cualquier compromiso e
improvisación, y sirve para que nos comamos los restos de comidas
anteriores guardados en la nevera".
Esta piedra de toque del arco alimenticio catalán, sin embargo, se aleja
paulatinamente de su referente original, hasta el extremo de que hoy
está dominada por la heterodoxia, pues ni los panes son los panes ni los
tomates los tomates con los que debe elaborarse el mejor PCT.
Si es cierto que los ciudadanos son lo que comen y si es verdad que la
esencia de las personas y las sociedades está en los detalles cotidianos,
en el manejo de los elementos más simples, el azaroso presente del PCT
ofrece una lectura interesante del catalán contemporáneo.
La cazuelita de barro en la que, en algunos locales, se presentan los
tomates para que el comensal se prepare el PCT a su gusto, incluye, en
la gran mayoría de los casos, varios dientes de ajo. Hay a quien le
gusta frotar la
llesca tostada con el ajo antes de untar el
tomate, pero ésta es una opción que viola el clasicismo del PCT. La
receta del
Corpus de la cuina catalana no deja lugar a dudas: el
PCT no lleva ajo.
EL PAYÉS DESTRONADO. El tradicional pan de payés ha
sido destronado, en el mejor de los casos, por el pan de coca y la
chapata y, en el peor, por las barras artificiales que las gasolineras
comercializan junto a los carburantes. Aunque los panaderos tienen hoy
la capacidad de producir pan de una gran calidad, el grueso del consumo
se lo lleva un pan con mucho más aire que miga, gracias a masas y
levaduras industriales que, cocidas al alba, difícilmente son capaces de
conservar la frescura más allá del mediodía. Los panes de fermentación
lenta, con harinas de cultivos ecológicos, y masas madre que nunca
mueren porque el panadero siempre guarda una parte para elaborar el pan
del día siguiente, se cuecen todos los días en hornos artesanos, en
muchos casos de leña, pero están reservados para las personas que han
tenido la suerte, la paciencia y la experiencia de dar con ellos.
El pan de payés, de kilo y redondo, como sostiene Leopoldo Pomés, uno de
los grandes expertos en PCT, es el ideal por la consistencia de la miga
y el tamaño de las rebanadas. Elaborado con harina de trigo y cocido en
horno de leña, ha de haber envejecido, como mínimo, unas seis horas. Lo
mejor es que sea del día antes. Si se ha elaborado correctamente, no
estará duro, sólo algo más firme. Las
llesques,que según Pomés
deben tener 18 cm de largo, por diez de ancho y 1,3 de alto, ofrecerán
una superficie compacta que permitirá una buena fricción del tomate sin
que la miga se deshaga. La miga del buen
rodó de payés tiene
agujeros pequeños y muy seguidos, señal de que la levadura ha ejercido
bien su función, esponjando el pan pero sin llenar de aire su interior,
lo que puede ser muy lucrativo para el panadero, que vende aire a precio
de pan, pero no muy nutritivo para sus clientes.
La corteza, por su parte, debe ser firme, pero no estar muy tostada,
pues, en este caso, salta, lo que produce el desmoronamiento de la
rebanada y acentúa la acidez del PCT.
EL TOMATE MUSCULADO. El pan del PCT se ofrece, casi
siempre, tostado. Ésta es otra vulneración de la receta clásica, según
sostiene Jaume Fàbrega, conocedor de la cocina catalana y toda una
autoridad del PCT. "Suele tostarse para ocultar su mala calidad -
afirma-, algo que nunca debería hacerse".
Sin tostarlo, sin embargo, la miga de la mayoría de los panes no soporta
la fricción de un tomate que ha perdido sus propiedades naturales en
aras de una musculatura dura y brillante, más propia de un culturista
que de una hortaliza. De estos tomates de rama, de origen canario,
Fàbrega dice que no sirven para el PCT: "Son como pelotas de ping-pong".
José Uraga, cultivador de tomates ecológicos, denuncia que los tomates
que llegan al mercado no huelen y no saben. "Poca gente se acuerda de
cómo huele un tomate, del mismo modo que la mayoría ha perdido la
memoria de su sabor". Los tomates, como tantas otras verduras, frutas y
hortalizas, han sido modificados génicamente para que resistan durante
días el transporte desde el centro de producción hasta el mercado. "La
lógica industrial - explica Uraga- ha sustituido a la naturaleza. Las
tecnologías contaminantes uniformizan las materias primas, tanto las
semillas como las razas de los productos. Los tomates de gran consumo -
como los de rama- han sido modificados para que desarrollen una costra
carnosa debajo de la piel. Esta costra resiste bien las manipulaciones,
madura lentamente, porque apenas tiene agua, y pesa. Nunca madura, sin
embargo, de forma adecuada, aunque los tengas quince días fuera de la
nevera". El tomate de rama, sobre todo el de supermercado, brilla, está
duro y bien musculado. Es atractivo a simple vista. Uraga, sin embargo,
sostiene que su bondad es sólo un espejismo. "Estos tomates han sido
diseñados pensando mucho en el beneficio económico del productor y del
distribuidor - sobre todo del distribuidor, que es quien más tajada
saca-, y poco en la salud del consumidor. Todos los alimentos, de hecho,
son un pequeño desastre para la salud".
INVENTO CAMPESINO. Uraga defiende una agricultura
sostenible, que sea socialmente justa y económicamente viable, que no
destruya la vida campesina, "porque son los campesinos los que mejor
saben cómo sacar de la tierra un tomate que lo tenga todo, energía,
sabor, vitaminas (A, B y C), hierro, calcio y fósforo, y que además sea
paisaje y cultura".
El PCT fue un invento campesino, en la zona de influencia catalana a
finales del siglo XIX. Surge de la necesidad de aprovechar el exceso de
tomates - que se cultivaban con fines alimenticios desde un siglo antes-,
así como el pan, que no se cocía más que uno o dos días por semana.
El gastrónomo y periodista Néstor Luján afirmó que la primera referencia
al PCT en la literatura catalana es de 1884, y que su invención fue el
resultado de un proceso natural, espoleado por la sabiduría campesina,
que, a su vez, agudizaba el ingenio ante la presión del hambre.
Toni Massanés, que no es tan pesimista como José Uraga y Jaume
Fàbrega sobre la calidad del tomate ("creo que hemos tocado fondo y
ahora hay mejores tomates en el mercado"), reconoce que es necesario
adaptarse al ritmo de las estaciones y a la sabiduría campesina para
gozar del mejor PCT. Massanés apunta el dato, cada día menos presente,
de que el tomate es una hortaliza de primavera y verano que, gracias a
los invernaderos de la agricultura industrial, podemos consumir durante
todo el año. "Esta ventaja, sin duda, repercute en la calidad, como
sucede también con otros productos". Antiguamente, sólo había tomates en
los meses de calor y, por tanto, el PCT era estrictamente estacional.
ACEITE Y "TOMATONS". Razas de tomate hay muchas –raf,
Montserrat, ensalada, limonero, pikoluce, cherry, lila...–, pero los que
mejor sirven para un PCT son los de colgar. Cuanto más rojos, mejor. La
pulpa debe ser compacta, muy carnosa, y deshacerse sobre el pan sin
necesidad de un restregar con fuerza. Los tomates de rama serían
adecuados si pudieran deshacer la ingeniería genética que los ha
transformado en pelotas musculadas. Los de colgar (tomacons, en catalán),
que se cultivan, casi exclusivamente, con semillas de las islas
Baleares, son los tomates tardíos que, gracias a la dureza de su piel,
resisten varios meses de invierno si se conservan en un lugar fresco y
seco. Cuanto más feos y pequeños, mejor, señal de que han sido
cultivados de forma adecuada y han envejecido correctamente. Aunque son
más caros –el kilo oscila
entre los tres y los diez euros– también ofrecen mejor rendimiento. De
los cuatro ingredientes del PCT –pan, tomate, sal y aceite– son el
aceite y la sal los que mejor han sabido conservar sus propiedades.
Los esfuerzos que se realizan en la producción de aceites, por
ejemplo, no han llegado todavía al pan y al tomate. La moda del extra
virgen hace que muchos PCT sepan más a aceite de oliva que a tomate.
Pomés recomienda uno con una acidez del 0,4. Más es arriesgarse a que la
combinación con el tomate resulte en un PCT excesivamente ácido. El
aceite, además, debe aplicarse desde unos diez centímetros de altura,
dejando que de la aceitera salga "un chorro señorial y generoso".
CUESTIÓN DE SENSIBILIDAD. El PCT, como explica
Leopoldo Pomés, es cuestión de sensibilidad. El mejor PCT sólo podrá
prepararlo la persona sensible, que se haya esforzado por obtener los
mejores ingredientes. Este
gourmet del PCT, por regla general, obtendrá la energía necesaria para
dar con el pan y los tomates adecuados en la memoria de la infancia, de
una cocina cotidiana y popular, marcada por los productos óptimos y las
manipulaciones sencillas y directas. Una de las grandes dificultades del
PCT es que debe ser instantáneo, pues el pan se ablanda en seguida. Por
eso es tan difícil de conseguir en las cocinas de los grandes
restaurantes y tan mal resultado da en los cócteles y aperitivos. La
llesca de pan de payés untada de tomate por las dos caras, regada en
aceite, y con un trozo de merluza frita encima, era para Pomés una
merienda de párvulo, pilar de su posterior culturagastronómica.
Millones de catalanes realizaron un recorrido inverso y este arraigo,
en la cultura y el territorio, es el que explica las dificultades que ha
tenido para conquistar el mundo.
EL "PANTUMACA" Y EL PINCEL. Toni Massanés no se lo
explica. Considera que el PCT lo tiene todo para triunfar. "Engancha
tanto que es imposible dejarlo una vez que lo has probado".
Poco a poco, sin embargo, el PCT, el pa amb tomàquet ha ido migrando
al pantumaca, que, poco a poco, ha trascendido los límites culturales de
lo catalán.
En Baleares, además, como apunta Fàbregas, siempre han tenido un pan
con aceite (PCA) que no es otra cosa que el tradicional PCT, y, así,
camuflado como PCA, el PCT ha llegado allí hasta donde lo catalán
acostumbra a boicotearse. El pantumaca, por su parte, ha alcanzado la
industrialización y ocupado estanterías en las grandes superficies. Una
empresa vasca lo comercializa en tarros de cristal. Lo llaman "tomate de
pincel". Lleva el aceite y la sal incorporados. El futuro del PCT, para
los gourmets y los nostálgicos, no podía traer peores noticias.